EL SUEÑO CUMPLIDO DE LA RAQUETA DE KEN ROSEWALL PERSONAL MODEL

DAVID CASTELLÓ

Un 27 de junio de 1971 un niño cumplió tres años de edad en Londres. Su padre, gran aficionado al tenis, quiso que viera un partido del torneo de Wimbledon, un encuentro de octavos de final entre los australianos: Ken Rosewall y Fred Stolle.

Rosewall era toda una leyenda. Ese mismo año había conquistado el Open de Australia, y en años anteriores Roland Garros y el US Open. Fred Stolle también era uno de los más destacados jugadores de la época, con dos Grand Slams en su haber: Roland Garros y el Campeonato de Estados Unidos. Rosewall se impuso por 6-4, 7-5, 7-9 y 6-4.

En una de las jugadas, Rosewall, ante una subida de Stolle, conectó un passing shot imposible en carrera. Su impulso lo llevó a la primera fila de espectadores, en la cual estaba sentado el niño. Rosewall le acarició el cabello. Los ojos del niño se iluminaron, fijándose en que la raqueta llevaba el mismo rostro del jugador que estaba a su lado. En ese instante mágico, ese niño se prometió a sí mismo que se dedicaría al tenis, y esa raqueta se quedó grabada a fuego en la nostalgia de su memoria.

Junio de 2025. Aquel niño cumplió lo prometido, y dedicó su vida al mundo del tenis. Con 57 años de edad llevaba una carrera muy larga como jugador, entrenador y director de tenis. Su amor y pasión por el tenis le habían llevado a coleccionar raquetas, adquiriéndolas en muchísimas partes del mundo.Había completado la colección de raquetas ganadoras de Grand Slams, pero soñaba con tener esa raqueta que vio por primera vez en aquel Wimbledon de 1971: la Ken Rosewall Personal Model. La había buscado por todos los rincones del planeta, pero había sido en vano.

Sin embargo, en los inicios del verano de 2025, y justamente un 27 de junio en que aquel niño ya adulto cumplió un año más de vida, una llamada telefónica lo cambió todo. “¡La tengo!”, indicó Andrés Muñiz al otro lado del teléfono. Seguidamente mandó un wasap con la foto de la Ken Rosewall Personal Model. El asturiano Andrés Muñiz es una de esas personas maravillosas que encuentras en la vida muy de vez en cuando, y además un gran coleccionista especializado en raquetas australianas. Tiene contactos en Sídney, y gracias a uno de ellos, localizó la raqueta. “La puedo adquirir, aunque no está en buen estado”, prosiguió. “¡Cómprala ya!”, le respondió una voz nerviosa a la que el corazón parecía haberle dado un vuelco.

Tras el proceso de compra, el envío desde Australia y las gestiones aduaneras, la raqueta finalmente llegó a España. Y se decidió que una raqueta tan valiosa bien merecía ser tratada como una obra de arte y ser restaurada para que luciese como merecía. Es aquí cuando intervino Ángela Fernández García, con estudios en restauración de obras de arte y especializada en pintura. Actualmente es la directora del taller de restauración La Fermata, ubicado en la localidad asturiana de Gijón. Ángela, cuyo nombre proviene del griego “ángelos” (que significa mensajera o enviada de Dios), realizó un trabajo de restauración excelente, magistral y prácticamente divino.

La labor de Ángela se dividió en tres etapas. La primera fase consistió en el estucado de lagunas. Se utilizó esta técnica de restauración con el fin de rellenar y nivelar las áreas perdidas de la pintura (las «lagunas») con una pasta llamada estuco. El objetivo fue crear una superficie de preparación que fuese lo más similar posible a la original para poder realizar la reintegración cromática o retoque, devolviendo la continuidad visual a la raqueta. 

Antes de aplicar el estuco, se analizó la textura y el sistema del soporte para replicar la superficie lo más fielmente posible. Luego se utilizó la pasta de estuco, compuesta de yeso (sulfato de calcio) aglutinado con cola de conejo. Finalmente, el estuco se aplicó en las lagunas, y se modeló la superficie con utensilios específicos para imitar la textura y el relieve del resto de la raqueta, devolviendo la integridad a la superficie.

En la segunda fase de la restauración se procedió a la reintegración cromática. Una vez que el estuco estuvo seco y la superficie restaurada, se procedió a la reintegración del color con diferentes técnicas de retoque muy precisas.

La reintegración cromática es una técnica de restauración que busca restaurar el aspecto visual de una obra de arte dañada (en este caso, una raqueta de tenis con lagunas o faltantes en la capa pictórica) rellenando los huecos con colores compatibles y reversibles. El objetivo principal es recuperar la unidad estética de la obra, permitiendo que el ojo del espectador combine visualmente los colores para que las áreas faltantes pasen a un segundo plano. 

En la tercera y última fase, el barnizado de la raqueta fue el protagonista.Se eligió un barniz brillante, de la marca Lefranc & Bourgeois,  acorde con las características de la raqueta.

El objetivo de barnizar una obra de arte, en este caso una raqueta de tenis, es protegerla de agentes externos como el polvo y la suciedad, y para realzar su apariencia, unificando los colores y dando mayor profundidad o brillo. El barniz actúa como una capa protectora que alarga la vida de la obra, mientras que la elección del acabado (brillante, mate) permite unificar las diferencias de brillo o darle un aspecto estético final deseado. 

Siempre he considerado las raquetas antiguas como restos de naufragios que los coleccionistas, auténticos héroes de la Historia del Tenis, rescatamos de procelosos y tormentosos mares para llevarlos a tranquilas playas, donde por fin logran el descanso y el cariño que necesitan.  Muchas de esas raquetas han llevado una vida terrible, y han pasado de mano en mano, muchas veces maltratadas y dañadas. Convertidas en simples objetos comerciales vendidos en Wallapop, o subastadas al mejor postor en pujas de eBay. Cuando tengo una de esas raquetas entre las manos, siempre me pregunto qué vida ha llevado, quiénes han sido sus propietarios, qué partidos jugó, cómo llegó a ser un resto flotante de las tumultuosas aguas de la vida. Raquetas de vidas muchas veces desaparecidas, de mundos extinguidos… Raquetas, en fin, que resucitan y vuelven a existir cuando pasan a ser propiedad de amantes del coleccionismo de tenis. Uno de esos amantes es el actual dueño de la Ken Rosewall Personal Model, la raqueta de la que les he hablado en este artículo. Ahora mismo le veo pasear entre su colección como si fuera un espectro entre los espíritus de sus raquetas. Me fijo en cómo contempla la raqueta que empuñó el australiano Ken Rosewall en aquel caluroso verano de 1971. Reparo en la manera de descolgarla del panel de madera donde ha encontrado un hogar confortable. Advierto la forma tierna con que la empuña y se dirige frente a un espejo, donde aparece el reflejo de su rostro. Y es entonces, ahí en el espejo, cuando veo mi mirada en el cristal. Ahí estoy yo, con la raqueta australiana en mi mano derecha. Mis ojos ya tienen la vista cansada, pero ahora están brillando de una manera luminosa al sentir el calor del grip, al recorrer con las yemas de mis dedos la madera de fresno canadiense con que está fabricada. Es entonces, justo entonces, cuando una sonrisa surca mi rostro y mis ojos se iluminan todavía más, tal como le sucedió a aquel niño de tres años que decidió dedicarse al tenis cuando Ken Rosewall le acarició su cabello.

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