PEDRO HERNÁNDEZ

Yo no soy un coleccionista de tenis en el sentido más estricto de la palabra. Es cierto que tengo muchos objetos de la historia del tenis, demasiados según mi familia, pero no estoy buscando aquella raqueta, o aquel objeto que me falta. Por eso digo que no soy coleccionista, sino más bien alguien que en su vida profesional ligada al tenis, se ha topado con objetos que han llamado su atención y de los que ha intentado indagar en su historia.
Esta edición de 1920 de Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll, es uno de esos objetos. Aprovechando el festivo Middle Sunday del torneo de Wimbledon de 1985, curioseando por las calles londinenses, me topé con él en una librería-anticuario. Editado por Collins’ Clear-Type Press, con ilustraciones de Charles Peers y T. H. Robinson. Me sorprendió que Alicia, en la portada, ilustrada por John Hassall, aparecía con una raqueta de tenis y dos pelotas en la mano en posición de servicio. Yo siempre había asociado a Alicia con la historia del famoso partido de croquet, ordenado por la Reina de Corazones, en el que se utilizaban flamencos como mazos y erizos como pelotas. Pero, ¿tenis? Compré el ejemplar y busqué si había algún motivo detrás de esa portada.
Al día siguiente, en la biblioteca de Wimbledon, y con la ayuda de Allan Little, el responsable de la Library, descubrí que Lewis Carroll, cuyo nombre verdadero era Charles L. Dodgson, fue un destacado socio del All England Club, y un ferviente investigador del deporte de la raqueta, tanto en intentar descifrar su sistema de puntuación, como en los reglamentos, llegando incluso a proponer en un tratado una forma distinta de sistema de juego para determinar el campeón del torneo.
